Hay que ser absolutamente moderno

Archive for abril 2008

4 minutos

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A estas alturas ya todo el mundo habrá escuchado/visto el nuevo single de Madonna, pero me daba bastante pereza lo de que se hubiese pasado al R&B. Creo que de ese estilo me gustan 1 de cada 100 canciones (un “Crazy In Love”, un “Umbrella”, esas cosas”), o algo así, por lo cual no suelo estar especialmente receptivo. Pero, claro, se me olvidaba ese don que tiene Madonna para convertir en brillante lo que en manos de otros se queda en mediocre, y he vuelto a caer.

Salvo el vídeo, que lo veo bastante normalito (aunque ella está muy guapa y ambos bailan muy bien), y la manía esa de los raperos de decir cuatro tonterías al principio (que nunca he llegado a entender), no encuentro más objeciones que hacerle a “4 minutes”. A ver si el resto del álbum me hace olvidar lo poquito que me gustó Confessions On A Dancefloor, lo más flojo de Madonna en muchos años.

Written by juan*

Martes, 8 abril 2008, 1:41 am at 1:41 am

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Canciones de temporada

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Algunas de las canciones que más escucho últimamente:

Crystal Castles “Alice Practice”
Lo que me gusta a mí un hype. Me aferré en su día a Klaxons y The Teenagers (aunque quitando “Homecoming” no encuentro mucho más que rascar), y ahora no tengo ningún inconveniente en dejarme seducir por la maraña electrónica creada por Ethan Kath para envolver los berridos de la cantante Alice Glass. Sí, la canción llevaba dando vueltas por ahí desde hace más de dos años, pero ¿importa eso realmente?

Sébastien Tellier “Divine”
Es una cosa muy española: si alguien está ahogándose en el río, hundámosle más la cabeza para acabar con él de una vez. O también: como el festival de Eurovisión nos parece una mierda, votemos también a una canción de mierda (ah, no, que es superdivertida, perdón) para convertirlo de una vez por todas en una cloaca y que desaparezca de nuestras vidas, porque, en vez de ignorar algo que no nos gusta y disfrutar de nuestras eruditas aficiones, lo dicho, preferimos meter un palito en el ojo. El perro del hortelano, así nos va. Pues nada, lo de La Casa Azul no pudo ser, pero los franceses han preferido tomárselo más en serio este año y mandan un temazo de Sebastién Tellier producido por uno de los insignes Daft Punk. Pues que ganen, a pesar de lo de los camiones de fruta (que nadie ose tomarse esto último en serio).

Portishead “Machine Gun”
Qué miedito lo de un nuevo disco de Portishead después de once años de silencio. Sobraban precedentes de descalabros como para no tener al menos una ceja levantada. No me atrevo a emitir todavía un veredicto sobre el álbum porque no lo he escuchado lo suficiente, pero se agradece que suene como un disco de 2008 y que no hayan caído en la autocomplacencia. La atronadora base de “Machine Gun” me desconcertó en un principio, pero la canción me gusta cada día más. Y yo sé de uno que los va a ver en el Primavera Sound.

Ladytron “Black Cat”
Ladytron son claramente uno de mis grupos favoritos. Reconozco que su anterior álbum, Witching Hour, no me pareció en un principio gran cosa más allá de la impresionante “Destroy Everything You Touch”, pero acabó resultando una obra maestra sin paliativos. Este “Black Cat” es lo primero que han dado a conocer de su nuevo disco, Velocifero (¡gran titulo!), y parece seguir la misma línea de aquel. Por mí, perfecto. Uno de esos temas electrónicamente oscuros (u oscuramente electrónicos) marca de la casa, con esa aparente monotonía que se convierte en arrebatadora.

Written by juan*

Jueves, 3 abril 2008, 11:22 pm at 11:22 pm

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Te quiero, la culpa es mía

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Cuando estaba en el segundo o tercer año de mi carrera, no solía ir demasiado a clase. En lugar de eso, prefería acercarme a la vecina facultad de Económicas y Empresariales a aprender todos los juegos imaginables de cartas o a tomar café en el bar de la mía o en uno que estaba al lado. Normalmente éramos un grupo de cuatro o cinco personas las que nos reuníamos para este tipo de actividades lúdicas o tertulias informales, pero llegó un momento en que a algunos se les dio por abandonar la universidad o, por el contrario, a asistir más a clase para intentar maquillar un poco los resultados académicos (curiosamente, y a pesar de mis pellas, los míos nunca fueron excesivamente malos). Total, que durante una temporada, unos dos meses, el grupo se redujo a dos: una chica, a la que llamaré Marta, y yo.

Marta era bajita, no excesivamente guapa, muy simpática y una excelente estudiante. Coincidía, además, que en los exámenes en los que nos colocaban por orden alfabético nos tocaba sentarnos juntos. Un día teníamos un parcial de literatura para el que yo no había estudiado nada (y cuando digo nada quiero decir que ni siquiera me había preocupado por conseguir unos apuntes) al que no tenía pensado presentarme. Ella me animó a hacerlo, diciéndome que me dejaría copiar si quería, que al menos lo intentara. Al principio me opuse, pero logró convencerme. Entre que ella dominaba al dedillo la materia, que no había excesiva vigilancia por parte del profesor y que yo sí tenía una cierta habilidad para parafrasear sin que ambos exámenes parecieran fotocopias, el resultado fue sorprendente: ella sacó un 9,75 y yo un 7. Un 7 en una asignatura en la que ambos parciales hacían media exacta, con lo cual en febrero la había aprobado virtualmente sin haber tocado un libro.

Pero esto es solo una anécdota menor (o tal vez no). El caso es que, como digo, Marta me acompañaba frecuentemente a las ingestas masivas de cafeína mientras hablábamos de nuestras cosas. Para ser sincero, no recuerdo con claridad ninguna de esas conversaciones, excepto una: ella me estaba contando que no le gustaba la gente que desviaba la mirada cuando le estaban hablando, y yo le dije que a mí me sucedía lo mismo. Le propuse, como inocente y estúpido juego, que nos quedáramos mirándonos fijamente el uno al otro, y que perdería aquel que primero apartara la vista. Estuvimos así durante un tiempo indeterminado, pero suficiente como para darme cuenta de que sus ojos iban adoptando una expresión de lo que yo interpreté como deseo. Mis sospechas se confirmaron cuando, todavía con la mirada fija, dijo una palabra que me dejó paralizado: “Bésame”.

No supe muy bien como reaccionar, y menos cuando añadió: “Estoy enamorada de ti desde el primer día que te vi” (pues eso, unos dos o tres años antes), y luego: “Si ahora mismo me pidieras que me casara contigo, te diría que sí”. “Lo siento, Marta, pero no me gustas”, le dije, que aún hoy no sé si fue o no lo más apropiado, pero en ese momento me lo pareció. Me pidió explicaciones, casi me suplicó que lo intentara, al menos, y la situación se hizo casi insostenible hasta que acabe diciéndole que la razón principal por la que aquello era imposible era una que yo había dado por sentado que ella sabía: que a mí me gustaban los chicos. Lo peor de todo es que no me creyó, y se lo tomó como una vil y cobarde excusa para justificar mi rechazo.

Aquel día llegué a casa hecho polvo, muy nervioso y agotado, como si hubiera recorrido corriendo los 25 kilómetros que separaban la facultad y el pueblo donde yo vivía. Lo más perturbador para mí era el hecho de que Marta llevara tanto tiempo sintiendo eso por mí, que yo pudiera significar tanto para otra persona, que hubiera estado callada esperando a que yo diera algún tipo de paso o señal. A partir de entonces, se acabaron los cafés y nos fuimos distanciando poco a poco, hasta que nuestra relación se limitó a decirnos hola y adiós. Cuando acabé la carrera, nunca supe nada más de ella. Hace un rato, buscando su nombre en Google, he descubierto que llegó a publicar un libro en la editorial universitaria, a medias con otras tres personas, probablemente un trabajo de doctorado. Es un ensayo sobre “El guardián entre el centeno” de Salinger.

He pasado muchas veces, tal vez demasiadas, por la experiencia de no gustarle a alguien de quien he estado enamorado, y es uno de los dolores más grandes que existen, pero también he aprendido a ponerme en el lugar del otro. No poder corresponder a quien te ama también te puede romper el corazón.

Written by juan*

Jueves, 3 abril 2008, 3:08 am at 3:08 am

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