Hay que ser absolutamente moderno

Te quiero, la culpa es mía

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Cuando estaba en el segundo o tercer año de mi carrera, no solía ir demasiado a clase. En lugar de eso, prefería acercarme a la vecina facultad de Económicas y Empresariales a aprender todos los juegos imaginables de cartas o a tomar café en el bar de la mía o en uno que estaba al lado. Normalmente éramos un grupo de cuatro o cinco personas las que nos reuníamos para este tipo de actividades lúdicas o tertulias informales, pero llegó un momento en que a algunos se les dio por abandonar la universidad o, por el contrario, a asistir más a clase para intentar maquillar un poco los resultados académicos (curiosamente, y a pesar de mis pellas, los míos nunca fueron excesivamente malos). Total, que durante una temporada, unos dos meses, el grupo se redujo a dos: una chica, a la que llamaré Marta, y yo.

Marta era bajita, no excesivamente guapa, muy simpática y una excelente estudiante. Coincidía, además, que en los exámenes en los que nos colocaban por orden alfabético nos tocaba sentarnos juntos. Un día teníamos un parcial de literatura para el que yo no había estudiado nada (y cuando digo nada quiero decir que ni siquiera me había preocupado por conseguir unos apuntes) al que no tenía pensado presentarme. Ella me animó a hacerlo, diciéndome que me dejaría copiar si quería, que al menos lo intentara. Al principio me opuse, pero logró convencerme. Entre que ella dominaba al dedillo la materia, que no había excesiva vigilancia por parte del profesor y que yo sí tenía una cierta habilidad para parafrasear sin que ambos exámenes parecieran fotocopias, el resultado fue sorprendente: ella sacó un 9,75 y yo un 7. Un 7 en una asignatura en la que ambos parciales hacían media exacta, con lo cual en febrero la había aprobado virtualmente sin haber tocado un libro.

Pero esto es solo una anécdota menor (o tal vez no). El caso es que, como digo, Marta me acompañaba frecuentemente a las ingestas masivas de cafeína mientras hablábamos de nuestras cosas. Para ser sincero, no recuerdo con claridad ninguna de esas conversaciones, excepto una: ella me estaba contando que no le gustaba la gente que desviaba la mirada cuando le estaban hablando, y yo le dije que a mí me sucedía lo mismo. Le propuse, como inocente y estúpido juego, que nos quedáramos mirándonos fijamente el uno al otro, y que perdería aquel que primero apartara la vista. Estuvimos así durante un tiempo indeterminado, pero suficiente como para darme cuenta de que sus ojos iban adoptando una expresión de lo que yo interpreté como deseo. Mis sospechas se confirmaron cuando, todavía con la mirada fija, dijo una palabra que me dejó paralizado: “Bésame”.

No supe muy bien como reaccionar, y menos cuando añadió: “Estoy enamorada de ti desde el primer día que te vi” (pues eso, unos dos o tres años antes), y luego: “Si ahora mismo me pidieras que me casara contigo, te diría que sí”. “Lo siento, Marta, pero no me gustas”, le dije, que aún hoy no sé si fue o no lo más apropiado, pero en ese momento me lo pareció. Me pidió explicaciones, casi me suplicó que lo intentara, al menos, y la situación se hizo casi insostenible hasta que acabe diciéndole que la razón principal por la que aquello era imposible era una que yo había dado por sentado que ella sabía: que a mí me gustaban los chicos. Lo peor de todo es que no me creyó, y se lo tomó como una vil y cobarde excusa para justificar mi rechazo.

Aquel día llegué a casa hecho polvo, muy nervioso y agotado, como si hubiera recorrido corriendo los 25 kilómetros que separaban la facultad y el pueblo donde yo vivía. Lo más perturbador para mí era el hecho de que Marta llevara tanto tiempo sintiendo eso por mí, que yo pudiera significar tanto para otra persona, que hubiera estado callada esperando a que yo diera algún tipo de paso o señal. A partir de entonces, se acabaron los cafés y nos fuimos distanciando poco a poco, hasta que nuestra relación se limitó a decirnos hola y adiós. Cuando acabé la carrera, nunca supe nada más de ella. Hace un rato, buscando su nombre en Google, he descubierto que llegó a publicar un libro en la editorial universitaria, a medias con otras tres personas, probablemente un trabajo de doctorado. Es un ensayo sobre “El guardián entre el centeno” de Salinger.

He pasado muchas veces, tal vez demasiadas, por la experiencia de no gustarle a alguien de quien he estado enamorado, y es uno de los dolores más grandes que existen, pero también he aprendido a ponerme en el lugar del otro. No poder corresponder a quien te ama también te puede romper el corazón.

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Written by juan*

Jueves, 3 abril 2008, 3:08 am a 3:08 am

Publicado en General

9 comentarios

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  1. Es verdad todo eso!

    Me alegro mucho de tu regreso!

    carmen lee

    Jueves, 3 abril 2008, 8:45 am at 8:45 am

  2. cuántos buenos recuerdos!!!!!!!!!!!!!! a pesar de todo me gustaría volver a esos tiempos…… te he echado mucho de menos…..

    charo

    Jueves, 3 abril 2008, 9:43 am at 9:43 am

  3. Pues algunos me daban por muerto.

    juan*

    Jueves, 3 abril 2008, 1:03 pm at 1:03 pm

  4. Es que te voy a decir una cosa, yo prefiero que no me correspondan a mí, que no corresponder yo. Lo paso mucho peor en estos casos por absurdo que parezca.

    (y en cualquier caso, me ha encantado cómo lo has contado)

    duka

    Jueves, 3 abril 2008, 1:31 pm at 1:31 pm

  5. Amén

    daniblues

    Jueves, 3 abril 2008, 2:45 pm at 2:45 pm

  6. duka, yo no sabría con cuál quedarme. Lo que sí te puedo decir es que he pasado más veces por el trago de no ser yo correspondido que por el otro.

    juan*

    Jueves, 3 abril 2008, 3:29 pm at 3:29 pm

  7. Bueno,
    yo quería que volvieras, eh!
    Qué duro,
    tanto una cosa como la otra.
    Prefiero no elegir.:D)

    marietta

    Jueves, 3 abril 2008, 8:31 pm at 8:31 pm

  8. si, la verdad es q las dos situaciones son bastante complicadas… pero mientras trates al otro con respeto y coherencia, no tiene pq haber mal rollo… es una pena q dejaráis d ser amigos… pero …estas cosas pasan!

    gasord

    Viernes, 4 abril 2008, 1:46 pm at 1:46 pm

  9. Joder (sí, he saltado a este blog así porque sí, luego vuelvo al original xD).

    El Rey Ha Muerto

    Domingo, 30 noviembre 2014, 12:10 pm at 12:10 pm


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